Helena y su sueño de crear una empresa de panadería artesanal

Soy Helena. Siempre soñé con tener una fábrica.

Soy comunicadora organizacional. Ahora panadera y empresaria.

Desde que estoy en la universidad soñé con tener mi propia fábrica. ¿De qué? En ese momento no sabía, faltaban muchos pasos que dar antes de poder encontrar esa respuesta, sin embargo el sueño siempre estuvo presente: Ser empresaria.

Aquí estoy ahora. Varios años después con la misma fe y el mismo sueño, sólo que ahora con la fuerza interior para lograrlo y con un objetivo claro: crear mi empresa de panadería artesanal.

Cómo empezó mi historia de emprendimiento:

Tarde en la noche, un 16 de julio, juntos mi papá y yo, preparamos el prefermento de nuestra primera tanda de pan. Pan de avena. 36 hogazas de 500 gramos para 35 clientes y una degustación.

No recuerdo como los ofrecí, tampoco cómo fue que los vendí. El primero en la lista un amigo… el último en la lista, otro amigo. Sí, es que este negocio nació hecho para los amigos.

Estando en la universidad, movidos por las ganas de emprender mi hermano Andrés, Paula -la que ahora es su esposa- y yo empezamos a vender galletas de chips de chocolate que mi papá (pensionado desde hacía unos meses y dedicado a la cocina) nos hacía.

Íbamos vendiendo a medida que perfeccionábamos la receta, la clientela no daba espera. Así fue como, sobre la marcha, pasamos de una astro galleta que se nos expandía en el horno, a las galletas redonditas y crujientes más famosas de toda la universidad.

Ver: Ebook Cómo Emprender un Negocio

Al poco tiempo “los socios” se graduaron, entonces, yo heredé el negocio: los productos eran un hit.

Me diversifiqué, y con una amiga, montamos también una venta de sánduches, le hacíamos la guerra a la cafetería y en los buses de camino a la universidad, negociaba con los conductores para montarme por la puerta de atrás a cambio de galletas y torticas como ellos les decían a los muffins.

Eso fue mucho vender y mucho gozar. A mis cortos 20 añitos ya era millonaria, así me sentía. No porque tuviera mucho, sino porque no necesitaba nada más.

Un papá panadero:

A todas estas, mi papá empezó a engomarse con la panadería. Le pidió a Ana, pastelera profesional y amiga del alma – quien en esa época apenas estudiaba cocina- que por favor le enseñara a hacer pan.

Esa fue la única clase que recibió y la que le bastó para que el duende de la panadería lo picara.

De ahí en adelante siguió experimentando, estudiando, viendo videos en youtube y siguiendo a panaderos de todas partes: pensando, hablando y moviéndose por el pan.

Diez años después yo estoy igual o peor que él, ya no es uno el loco, sino que somos dos.

En el 2008 viajé a Bogotá para conocer a Juan Manuel Martínez, un molinero y panadero a quien seguíamos y que poco a poco se convirtió en un ídolo de este cuento.

Cuando lo conocí entendí por qué era nuestro ídolo: ¡Generosidad!, una lección de vida que recibí esa mañana en su molino. Me abrió las puertas, me mostró todos sus procesos, me enseño y me mando a Medellín con muestras de harina y un libro.

Empezamos a hacer pan los fines de semana y a vender mientras yo hacía la práctica como comunicadora.

En ese momento, sin saberlo, aún no estaba lista para emprender. Aún faltaban pasos por dar. ¿Y el sueño? Ese seguía intacto. Presente. Empresaria, sabía perfecto que quería serlo.

Los giros de la vida antes de encontrar un propósito:

Me enamoré del café. Suspendí el negocio de la panadería y trabajé en un proyecto social de cafés especiales en el que aprendí para la vida.

Viajé a Londres, continué trabajando con cafés especiales. Literal me tomé el mundo en tazas, me abrí a él y comprobé lo que siempre había pensado: es inmenso e inagotable.

Recorrí cuantas panaderías y cafés en Europa pude. Llené varias libretas con ideas y fui feliz, muy feliz, otra vez aprendí para la vida.

Libros recomendados:

Volví a casa, y esto dio un giro de esos que me encanta porque hay que reinventarse. Hay que olvidarse de todo lo que uno cree que sabe y volver a aprender. Me salí del mundo cafetero para trabajar 3 años con tecnología, ¡uf!

Entrenaba, trabajaba, comía y dormía.  Los fines de semana igual, sólo que más entreno y menos trabajo. ¡Una dicha! Hacía lo que me apasionaba en ese momento. Así por varios años.

Retomando el sueño del pan:

Empecé a entrenarme para una competencia exigente en Cartagena, Colombia con un año de anterioridad.

Una mañana mientras rodaba en mi bicicleta decidí que para poder tener una bici mejor necesitaba tomar un préstamo en el banco y pagar la cuota mensual con alguna entrada de dinero adicional.

¡Los panes, juepuchis!” – pensé-  Había que retomar el negocio. Me ideé la manera de poder hacerlo sin dejar de entrenar, ni dejar de trabajar tiempo completo en la empresa de base tecnológica.

Le conté a mi papá esa misma mañana y no lo dudó un instante: “Con toda, yo te ayudo” – me dijo–. Y ahí fue cuando retomamos el cuento del pan, esta vez para quedarse.

Vendía los panes por anticipado. Hacíamos prefermentos los sábados y los domingos, después de entrenar algún fondo de tres o cuatro horas me metía, y mi papá conmigo, seis horas en la cocina a hacer pan. En las noches del domingo y el tiempo del almuerzo del lunes yo entregaba los pedidos.

Así estuvimos varios meses, el negocio creciendo y pidiendo cuerda. Mi papá firme, al pie del cañón apoyándome. Fue entonces mientras corría en Cartagena, cuando sentí que ya estaba lista, que el momento de emprender había llegado:

“Si soy capaz de cruzar esta meta, soy capaz de emprender” –me repetí mil veces mientras corría los 21km de atletismo en el IM 70.3 de Cartagena 2016.

Cruzar la meta, renunciar y emprender un sueño:

Llegué a Medellín, renuncié y trabajé tiempo parcial mientras mi negocio arrancaba. Fue un año duro. Tenía dos trabajos a los que había qué responder.

Trabajaba 12 y 14 horas diarias, entre ventas, producción, domicilios, y responder a las responsabilidades que había adquirido como freelance. ¡Ah! además seguía entrenando para triatlón entre dos y tres horas diarias.

En 2017 sentí que tenía que hacer algo. Estaba fundida. Tenía la energía dividida y no había podido enfocarme completamente en mi emprendimiento. Me senté, y en una hojita, hice un ejercicio que cada cierto tiempo hago en mi vida: listar mis prioridades.

La número uno claramente era mi emprendimiento. Sabía lo que tenía que hacer: “tirarme al charco completa”. Entonces al final de ese año entregué los proyectos que tenía como comunicadora freelance  y fue ahí que la panadería despegó.

Helena el pan como es, un sueño en crecimiento:

Aquí estoy hoy. Después de ocho meses como emprendedora de tiempo completa, sigo viva, no me he muerto de hambre, ni tampoco se ha acabado el mundo.

 

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Sigo aprendiendo, disfrutando y con el sueño de ser empresaria intacto. Aún vivo en la casa de mis papas y me siento feliz y afortunada de poder hacerlo. No sólo aprendo de ellos todos los días sino que los disfruto, pues vivir con tus papás cuando tienes 30 años, no es lo mismo que cuando tienes 14. Todo se vive distinto, ya estás grande.

Desde nuestra casa en El Retiro, Antioquia producimos y despachamos semanalmente a domicilio nuestros productos de panadería artesanal. Muchos clientes son amigos, otros ya son los amigos de los amigos.

Y aquí vamos, buscando capitalizarnos y estabilizarnos en ventas mensuales para ahí sí abrir las puertas de una fábrica y continuar aprendiendo de este oficio que no para de enseñarnos sobre humildad, generosidad y perseverancia.

¿Mi consejo? Es solo uno: Creer. En ustedes, en sus sueños, en la vida. Cuando crees, todo alrededor fluye. Los sueños altos en las estrellas y los pies siempre en la tierra para así con confianza y determinación caminar hasta alcanzarlos.

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